viernes, 8 de marzo de 2013

pinchitos y pinchazos de los bares

Estaba dando una vuelta por Madrid ( por ejemplo) cuando me decidí a tomarme una tradicional y necesaria cañita en el Museo de la Patata, rimbombante pero merecido nombre para un bar en la calle Ferrocarril (valga éste como ejemplo de lo que se expondrá a continuación).

Los buenos días de rigor, sonrisa, una caña por favor, servida rápida y fría acompañada de unas patatas revolconas lo justo de picantes para disfrutar el momento con tranquilidad.

Durante el rato que estuve degustando la tradicional tapa (que cada vez se estila menos) observaba a los dueños del local contemplando la barra vacía de clientes excepto por dos jubilados que, en una esquina leían el periódico. A través de la puerta, al otro lado de la calle, se divisa una moderna cafetería (me resisto a llamarlo café, por confusión con la bebida), franquicia de un conocido nombre, que se encuentra casi colmada de clientes, jóvenes, ancianos, niños y mamás tomando cafés, cañas o refrescos edulcorados.
Comparaba entonces la tapa que estaba saboreando con el café expreso con la leche requemada de la hostelería moderna y no acababa de comprender por qué un local estaba lleno y el otro vacío, por qué si la diferencia de servicio es palpable, si incluso la diferencia de precio también obligaría a huir de la franquicia.

Al pensar en el precio, y dada la actual crisis económica que nos hace a todos desear darle clases que tal vez necesite al ministro del ramo, me preguntaba dónde iba el dinero del café o la caña.
En el bar en el que estaba lo tenía claro. A los dueños que lo emplearían en comprar su comida en el super, pagar el piso o ir al cine.
En el local franquicia el dinero iría en parte, a pagar a los empleados (que le darían un uso similar al de los señores que me atendían a mi) y otra parte a los bolsillo de los dueños de la franquicia que seguramente vivirían en otro país mas moderno y lejano donde se quedarían con ese capital.

Tantas campañas a favor de reducir las importaciones de petróleo, de los productos falsificados o baratos del extremo oriente, o contra el champagne francés o el cava catalán cuando hablan de independencia, y ninguna a favor del consumo en los bares, chigres, tascas y cantinas que nutren de efectivo a los vecinos que tenemos aquí.
Está bien ir a las cadenas de hamburgueserías que inundan las ciudades pero también al bar de Pepe que aunque tendrá peores fotos seguro que los bocatas de calamares son mejores.