Estaba dando una vuelta por Madrid ( por ejemplo) cuando me decidí a
tomarme una tradicional y necesaria cañita en el Museo de la Patata,
rimbombante pero merecido nombre para un bar en la calle Ferrocarril
(valga éste como ejemplo de lo que se expondrá a continuación).
Los
buenos días de rigor, sonrisa, una caña por favor, servida rápida y
fría acompañada de unas patatas revolconas lo justo de picantes para
disfrutar el momento con tranquilidad.
Durante el rato
que estuve degustando la tradicional tapa (que cada vez se estila menos)
observaba a los dueños del local contemplando la barra vacía de
clientes excepto por dos jubilados que, en una esquina leían el
periódico. A través de la puerta, al otro lado de la calle, se divisa
una moderna cafetería (me resisto a llamarlo café, por confusión con la
bebida), franquicia de un conocido nombre, que se encuentra casi colmada
de clientes, jóvenes, ancianos, niños y mamás tomando cafés, cañas o
refrescos edulcorados.
Comparaba entonces la tapa que estaba
saboreando con el café expreso con la leche requemada de la hostelería
moderna y no acababa de comprender por qué un local estaba lleno y el
otro vacío, por qué si la diferencia de servicio es palpable, si incluso
la diferencia de precio también obligaría a huir de la franquicia.
Al
pensar en el precio, y dada la actual crisis económica que nos hace a
todos desear darle clases que tal vez necesite al ministro del ramo, me
preguntaba dónde iba el dinero del café o la caña.
En el bar en el
que estaba lo tenía claro. A los dueños que lo emplearían en comprar su
comida en el super, pagar el piso o ir al cine.
En el local
franquicia el dinero iría en parte, a pagar a los empleados (que le
darían un uso similar al de los señores que me atendían a mi) y otra
parte a los bolsillo de los dueños de la franquicia que seguramente
vivirían en otro país mas moderno y lejano donde se quedarían con ese
capital.
Tantas campañas a favor de reducir las
importaciones de petróleo, de los productos falsificados o baratos del
extremo oriente, o contra el champagne francés o el cava catalán cuando
hablan de independencia, y ninguna a favor del consumo en los bares,
chigres, tascas y cantinas que nutren de efectivo a los vecinos que
tenemos aquí.
Está bien ir a las cadenas de hamburgueserías que
inundan las ciudades pero también al bar de Pepe que aunque tendrá
peores fotos seguro que los bocatas de calamares son mejores.